Miguel

En el sol de un día cualquiera, bajo unas palmas que apenas reaccionaban al viento animado desde el mar, un pequeño hombre brillaba entre el suave calor que proponía su isla. Inmóvil, solo respondían a los estímulos del día, las partes más livianas de su ropa y las hojas y pequeñas basuras que buscaban sus pies, dejadas por los compañeros de derrota que andaban con todo su tiempo por las calles.

Con el rostro quieto, acomodado en un enojo que lo defendía, mantenía el ceño duro, ofuscado, desde que fuera despojado de las promesas de figura utilitaria del mundo, que le informaba de sus errores y profetizaba de manera burocrática, su árido futuro.

Sentado en un firme banco de cemento escondido entre canteros ocupados de crasas, mantenía una espalda erguida y apuntalando su torso en esa tensa estabilidad, una mano envolvía su rodilla mientras la otra se calmaba, suspendida a un lado de su pierna. Andaba por el pequeño espacio que le permitía el salto involuntario de su mirada sin mover la cabeza, que un tanto inclinada, parecía concentrarse en vigilar el suelo que también él decoraba. Tras la calle, a sus espaldas, la parroquia callaba esas horas de la tarde antes de la merienda y las personas que llegaban, esas que él buscaba apareciendo en un golpe hasta ellos, intentaban algunas palabras arrastradas para ocupar las grietas de su letargo.

No tiene mucho que decir. Aún joven, con una presencia envejecida en un andar gastado pretende una escucha de respuestas injustas, de quejas a repetir. Y espera, cruzado de susurros, estallar en su vida, empezar un momento, sin saber cuánto de su existencia continúa en esa espera muda y sigilosa. Dice que quiere llamarse Miguel y cuando habla intenta demostrar algunos misterios más, al tiempo que su cara se quiebra en contracciones que luchan por formar un gesto. Se quedará quieto mientras el sol se vaya detrás de la iglesia. Es tan ajeno a quienes lo miran, como todos los que se van y evitan repetir la visión de su piel.

Todo lo que debió ser, según la imaginación de un lector de las noticias, está guardado dentro de ese hombre lento, roto de burlas y un empecinado descuido. Roto de costumbre, hecha para él, para los días que tenga, nacida para reír de todo aquello en lo que pudiera esconder su ilusión.

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