Estaba sentada debajo de la luz del salón. Acercó el té lento y lo detuvo para observarlo, buscando el color que se movía en la taza caliente sostenida entre sus manos en ofrenda. El reflejo giraba por el rostro, se agitaba refulgente entre la suave sombra de su piel inclinada. Desconfiaba a la espera del aroma que llegaba como si hubiera saltado, exhalando una gris espira que tomó la forma de su cara. Llevó los labios al filo de la taza, buscó acomodarse suave y luego la movió para que el líquido de un áureo indeciso le buscara. Cubriendo su lengua, le indicó el sabor que la mujer debía reconocer, antes del tránsito que seguiría el fluido que iba a tragar. Bajó las manos hasta la falda y con tranquilidad, el contenido inquieto y dulce, brilló silencioso. Cerró los ojos y suspiró saboreando el efluvio que se mantenía detrás de su rostro.
En la última noche de diciembre, explotaban incontables desde la humilde calle, luces vivas que escapaban de un impulso hacia la oscuridad vacía, para lucir segundos de suspensión, lograr un esplendor efímero antes de dejar que volviera el cielo. Los fuegos reventaban otra vez y rayaban de luces las alturas, a veces olvidadas de revisar por quieres se maravillaban bajo los destellos, que esperaban una vida de tres segundos en vuelo, antes de desnudar su desusada alegría simple. Hacerse invisible, abandonar el lugar en el que se detenía, manipular con colores la felicidad de los espectadores que intentaban abarcar el espectáculo, que necesitaba de tanto espacio que buscaba el cielo y de cuantas miradas quisieran compartir esa belleza temporal.
Ella se agitaba, como si el pecho fuera más pequeño y pareciera querer detenerse, encontrar un freno al crecimiento de su respiración. Se mantenía concentrada en cada golpe dado al cielo y en las marcas de humo que rayaban la oscuridad mientras incesantes, se sustituían las explosiones y los colores. Un aroma bucólico, de hierbas foráneas en ese lugar de la noche, se cargaba en derredor del presente de quienes, en una azotea lejana a esos fuegos que saltaban como flores, los veían gigantes aún en la distancia. Una mano se acercó a la suya dentro de este recuerdo, que le gana a la conciencia de la mujer, que más abajo, ahora, está tomando un té. Con dedos lentos, caminó por los bordes que encontraba sin mirar y buscó enfrentar las palmas. Las manos tenían la misma suavidad y las siluetas similares caían al suelo en sombras luego de cada estallido a sus espaldas. Abandonó las explosiones y buscó el rostro que esperaba por su mirada. Sus labios tuvieron que encontrarse como si para ese momento no le fuera posible otra conclusión.
Buscó repetir un sorbo de té. Lo bajó otra vez hasta su falda, reteniéndolo entre las manos como si fuera un nido. La impresionó la frialdad que probó y el brillo repugnante que demostraba la falta de vida que se inquietaba en la taza. Miró la hora en la pared y no reconoció el tiempo. No tenía el valor de hacer nada luego del silencio al que la sometía su recuerdo.
Muy bueno.
Me gustaLe gusta a 1 persona
Vaya!! Bonito y triste a la vez 😍😍👏👏
Genial, muchas graciaaaaas!!
Me gustaLe gusta a 1 persona